Y él la ayuda... La ayuda... Y la ayuda... Él la ayuda a vomitar. Él la ayuda a Ella a vomitar. Vómito... Vómito... Persigna... Persigna... Ella habló con Él, con sus dedos en la boca, tapando sus palabras; le preguntó ¿Cuantas cruces hicieron falta para llenar el vertedero? Es una pregunta obvia, no necesaria, pero sí obvia. Él no responde. Persigna y vómito, vómito y persigna. Náusea. El jugo negruzco, pardo, que gotea por la comisura de Ella, cae al suelo torpemente, se escapa de su cuerpo captor. Se desliza por los dedos de Él, que se mantienen estáticos, intrusos. Luego describe líneas en el pavimento. Líneas con forma de cruz.
Un perro lame las manchas del suelo. Su lengua áspera y maleducada difumina y emborrona las líneas que antes describían una cruz. Ahora son sólo estigmas negros, rojos... De ningún color concreto, de ningún color... Tiene un toque mate y opaco. La lengua pesada del can sigue dispersando las partículas de los estigmas. Ahora ya no son manchas tan opacas, y ocupan más espacio. El pavimento se intuye como tras una cortina de seda translúcida, líquida y pesada.
Los tallos de todos los alhelís
se inclinan hacia atrás a medida
que pasa el gusano por delante.
Los pétalos se manchan carmín
Caen gotas pesadas de arriba
Que es cierto todo el mundo lo sabe
A n adie l_e imPOrta
p e ro p asa
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